Ejercicios en casa

Qué palabras practicar con afasia: las que quiere decir

Un estudio preguntó a 50 personas con afasia qué querían conseguir. Lo que respondieron cambia por completo qué palabras tiene sentido practicar en casa.

La lista suele ser la misma en todas las casas: perro, mesa, silla, cuchara. Alguien la imprime, la plastifica y durante semanas la práctica consiste en señalar dibujos y decir nombres.

Mientras tanto, lo que esa persona lleva tres días intentando decir es que la butaca del salón le está destrozando la espalda. O que no quiere ir el jueves. O que ha entendido perfectamente lo que se ha hablado en la cocina, gracias, y le gustaría opinar.

Esa distancia entre lo que se practica y lo que se quiere decir no es un detalle. Decidir qué palabras practicar con afasia es probablemente la decisión que más rendimiento da de todo lo que se hace en casa, y casi nunca se toma: se hereda del primer cuaderno que cayó en las manos.

Lo que contestaron 50 personas con afasia

En 2011 un equipo dirigido por Linda Worrall publicó en Aphasiology algo que en rehabilitación se pregunta poco: le preguntó a las personas con afasia qué querían conseguir. Cincuenta entrevistas, en profundidad, adaptadas para que pudieran responder de verdad.

De ahí salieron nueve categorías de metas. La que más se cita, y con razón, es esta: no les bastaba con poder pedir cosas. Querían poder opinar.

El resto del listado tiene el mismo aire. Querían volver a su vida de antes. Información sobre qué les había pasado. Más logopedia. Autonomía. Dignidad y respeto. Volver a lo social, al ocio, al trabajo. Recuperar la salud física. Y una que descoloca a cualquiera que espere una lista de demandas: querían poder ayudar a otras personas.

Ninguna de esas metas se alcanza nombrando una cuchara.

Que quede claro, porque el matiz importa: eso no convierte los ejercicios de denominación en una pérdida de tiempo. Son de lo mejor estudiado que hay para la anomia y funcionan. Lo que dice el estudio es otra cosa: que el material con el que se practica debería parecerse a la vida que la persona quiere recuperar, y una lámina de animales no se parece a nada.

Por qué la lista de sustantivos se queda corta

Hay una segunda razón, esta más técnica, y viene del mundo de la comunicación aumentativa.

Cuando se ha analizado qué palabras usamos realmente al hablar, aparece siempre el mismo patrón: unos pocos cientos de palabras cubren la mayor parte de todo lo que decimos en un día. Y esas palabras no son sustantivos. Son pronombres, verbos, negaciones, preguntas: yo, tú, quiero, no, dónde, cuándo, otra vez, ya está.

Los sustantivos son la cola larga. Cambian con el tema de conversación, aparecen una vez y no vuelven.

Los materiales de rehabilitación, en cambio, están hechos casi enteramente de sustantivos. Por un motivo comprensible: son los que se pueden dibujar, y los que se pueden puntuar como acierto o error sin discusión. “Silla” tiene una foto evidente; “todavía” no.

A eso se añade un dato conocido de la terapia de denominación: la mejora se concentra en las palabras que se entrenan y generaliza poco a las que no se entrenan. Practicar cien sustantivos hace que salgan mejor esos cien sustantivos.

Lo cual, leído al revés, es una buena noticia. Si lo que mejora es lo que se entrena, entonces elegir bien la lista no es un detalle de estilo: es la mitad del tratamiento.

Qué palabras conviene practicar, entonces

Cuatro bloques, por orden de rentabilidad.

1. Las personas. Los nombres propios están entre lo primero que se pierde y entre lo que más duele no tener. Los nombres de los hijos, de los nietos, de la logopeda, del vecino que sube a tomar café. Empieza por ahí.

2. Las palabras que resuelven el día. Las diez o quince cosas que esa persona necesita pedir o rechazar cada día, en sus términos, no en los del cuaderno: “manta”, “azúcar”, “el mando”, “al baño”, “más despacio”, “otra vez”.

3. Las de opinión y decisión. Aquí es donde casi nadie mira. “No”, “sí”, “no quiero”, “me da igual”, “espera”, “eso no”, “ahora no”, “prefiero”. Son las que devuelven capacidad de decidir, y son exactamente lo que pedían las personas del estudio de Worrall.

4. Los temas propios. Lo que le interesaba antes: su equipo, sus plantas, la carpintería, los nombres de sus herramientas, el pueblo donde veranea. Una palabra cargada de significado personal se recupera con más ganas que “embudo”, y además abre conversación en lugar de cerrarla.

Cómo montar la lista de alguien concreto

Se hace en una tarde, y se hace con la persona, nunca sobre ella.

  1. Anota durante dos días. Cada vez que se atasque, apunta qué estaba intentando decir. No hace falta interpretar nada: al segundo día hay un patrón evidente.
  2. Pregúntale qué echa de menos poder decir. Aunque conteste con gestos o señalando. Es la parte que la mayoría de las listas se salta, y la que decide si la práctica va a tener sentido para quien la hace.
  3. Quédate con veinte o treinta palabras. Mezcladas: nombres propios, objetos, verbos, un par de frases hechas. Si son todas sustantivos, vuelve al paso anterior.
  4. Consigue un apoyo visual para cada una. Fotos reales del móvil, mejor que dibujos genéricos: la nieta de verdad, la butaca de verdad, el mando de verdad.
  5. Practica siempre con la misma escalera de ayuda. Primero sin nada. Si no sale, pista de categoría o de para qué sirve. Después la primera letra. La palabra completa, la última. El orden importa más que la cantidad, y está desarrollado en las rutinas de práctica en casa.
  6. Renueva cada dos o tres semanas. Lo que ya sale solo, fuera. Entra otra cosa.

Los errores que más se repiten

Practicar solo con la lista genérica, indefinidamente, que es el error más común. La lista impresa es un punto de partida cómodo, no un plan de tratamiento.

Convertir la casa en un examen. Señalar objetos todo el día preguntando “¿cómo se llama esto?” agota a cualquiera, y no es práctica: es evaluación continua. Mejor acordar un rato, hacer ese rato, y conversar el resto del día — cómo sostener esa conversación está en las diez cosas que ayudan al hablar con una persona con afasia.

A veces se quitan de la lista, por proteger, las palabras del trabajo que ya no se puede hacer o el nombre de alguien que murió. Evitar los temas difíciles suele tener el efecto contrario: son justo las palabras que esa persona necesita para hablar de lo que le está pasando.

Confundir practicar con corregir. Fuera del rato de práctica, si se entiende el mensaje, el mensaje está bien. Corregir cada palabra en mitad de una conversación consigue que la siguiente frase no se intente.

Y luego está rendirse porque una palabra no sale nunca. Alguna se resiste durante meses: se aparca, se cambia por otra y se vuelve a ella más adelante. Insistir treinta veces seguidas sobre la misma palabra atascada solo produce frustración, y la frustración se lleva por delante el hábito entero.

Por dónde empezar esta semana

Coge una libreta y apunta, durante dos días, qué intentaba decir cuando se quedó atascado. Nada más. Con esa lista en la mano ya sabrás qué practicar, y no se parecerá a ninguna lámina de categorías.

Los ejercicios de esta web funcionan por categorías y sirven para coger el hábito y para trabajar la escalera de pistas con material ya preparado. Lo que ninguna lista genérica puede contener es el nombre de tu nieta ni la palabra “carpintería”. Esa parte la tienes que poner tú, en papel o con fotos del móvil, y es la que va a hacer que la práctica valga la pena.

Si lo que más pesa ahora mismo es el bloqueo en sí, más que qué palabras elegir, empieza por qué es la anomia y cómo se entrena.

El estudio citado es Worrall, L., Sherratt, S., Rogers, P., Howe, T., Hersh, D., Ferguson, A. y Davidson, B. (2011). What people with aphasia want: Their goals according to the ICF. Aphasiology, 25(3), 309-322. Referencia en la editorial.

Preguntas frecuentes

¿Sirven de algo las listas de imágenes por categorías?

Sí, para arrancar. Dan estructura, permiten medir el progreso y evitan la parálisis de no saber por dónde empezar. El problema es quedarse ahí seis meses. Cuando la práctica ya es un hábito, la mitad del tiempo debería ir a palabras que esa persona necesita de verdad esta semana.

¿Cuántas palabras personales conviene tener en la lista?

Entre veinte y treinta para empezar. Es suficiente para cubrir las situaciones del día y lo bastante corta como para repetirla a menudo, que es lo que hace que las palabras se consoliden. Se va renovando: las que ya salen solas dejan sitio a otras.

¿Hay que practicar verbos o solo sustantivos?

También verbos, y pronto. Los sustantivos son más fáciles de dibujar y de puntuar, por eso dominan los materiales, pero una frase no se sostiene sin verbo. "Duele", "quiero", "espera" o "no" resuelven más situaciones al cabo del día que veinte nombres de objetos.

¿Y si todavía no consigue decir ninguna palabra?

El objetivo entonces no es la palabra, es el mensaje: señalar, escribir la primera letra, usar un gesto o una foto. Comunicar por cualquier vía no retrasa el habla. Esa decisión conviene tomarla con la logopeda que lleva el caso, porque depende mucho del tipo de afasia.

Este artículo es información general, no un diagnóstico ni un tratamiento. Cada lesión cerebral es distinta: consulta con tu logopeda, tu neurólogo o tu médico de cabecera antes de cambiar nada en tu rehabilitación. Cómo se escribe este blog.